Resistencia indígena en el Norte del Cauca.

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Desde hace siglos, desde inicios de las conquistas coloniales, los indígenas del Cauca venimos resistiendo por la pervivencia en nuestros territorios ancestrales pues ya nuestros  antepasados tuvieron que luchar por conservarlos y muchos huyeron hacia las partes más altas de la cordillera Central de Colombia para evitar ser exterminados tras el “Descubrimiento” de América”.

La resistencia indígena continúa y aquí estamos, no han podido exterminarnos a pesar del rencor, el poder, la arrogancia  y la codicia que motiva a los despojadores. Seguimos existiendo y resistiendo, por ejemplo, a principios de la década de los años 70s en las recuperaciones de tierras que estaban a manos de grandes hacendados que se hacían pasar como legítimos dueños y tenían escrituras falsas. Eran estos propietarios los que decidían quienes podían vivir o morir y trabajar en esas tierras robadas y ancestrales, bajo las más grades humillaciones, el abuso, la explotación y la esclavitud. Esos abusos tenían que tolerarlos nuestros padres y abuelos-as para poder tener un poco de comida para los hijos, sin un pago alguno y acumulando una deuda eterna.

Es frente a estos gamonales respaldados por las fuerzas armadas, por la ley, por los gobiernos y por los partidos políticos, que nace la recuperación indígena directa de las tierras, bajo el lema de Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía con el que nace clandestinamente el Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC, que viene sufriendo una persecución atroz, asesinatos de autoridades indígenas,  amenazas, encarcelamientos, bloqueos, ocupación y destrucción de casas y escuelas, mujeres violadas y cultivos arrasados.

Durante el proceso de recuperación de tierras en 1991 los paramilitares en alianza con la fuerza pública, los terratenientes y los narcotraficantes cometen una masacre en la hacienda El Nilo, ubicada en el Municipio de Caloto – Cauca. Esta masacre contra hombres, mujeres, niñas y niños, ancianas y ancianos inermes e indefensos, fue una acción criminal planificada y calculada para generar terror justo cuando evaluábamos el trabajo de recuperación de la mencionada hacienda, pues en horas de la noche fueron asesinadas veinte personas ametralladas con fusiles de largo alcance, picadas con hacha, machete y quemados los ranchos donde vivían.

Pasados varios años y tras una dura lucha, la Corte Interamericana de Derechos Humanos señala como responsable de la masacre a mandos de la policía de Caloto en complicidad con el cartel de narcotraficantes del Sur del Valle del Cauca y responsabiliza al gobierno de Colombia al más alto nivel, pero el Estado no cumple en justicia con las víctimas y sus familiares, ni cumple con la entrega de tierras pactada, ni otorga garantías de no repetición de este tipo de hechos atroces, lo que obliga a los pueblos indígenas a movilizarse y a exigir respeto a sus derechos.

Viendo tantos hechos de violación de los derechos humanos, tantos atropellos contra la población civil, empiezan a surgir ideas e iniciativas al interior de las comunidades indígenas para hacerles frente y dejar atrás este orden destructivo y suicida. A los numerosos hechos que van en contra vía del buen vivir como pueblos milenarios, en todo el ámbito territorial se suman aquellos que ahora, una vez expandido por todo el planeta e incrementado su poder destructor, ponen en riesgo la vida misma de todos los seres incluido el ser humano. El mundo occidental abusa y explota a sus semejantes y no hace nada efectivo para respetar y proteger a la Madre Tierra, madre por dentro y por fuera de todo, incluidos los seres humanos.

 No pueden seguir tratando a nuestra madre común como a una mercancía en manos de las multinacionales para alimentar la codicia insaciable de unos pocos que quieren controlar el mundo, sin importarles el sufrimiento que genera el despojo, el sometimiento, el hambre y la pobreza de las gentes.

Frente a este proyecto de muerte nos concientizamos y movilizamos en defensa del gran pueblo marginado por el estado colombiano desde hace siglos. Sobre todo nos organizamos en la Asolación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, ACIN, y tenemos espacios de formación en medio ambiente, jóvenes, mujer, comunicación, salud, educación, justicia propia, defensa de la vida en un tejido que reúne alrededor de 20 cabildos indígenas.

Todo este proceso indígena en el Cauca está marcado por la represión brutal, asesinatos, de líderes, lideresas y comuneros y quizás lo más indignante, muchos niños y niñas que no pueden vivir junto a sus padres por culpa de la guerra que les quita las ilusiones. Estos son hechos cometidos por el ejército nacional de Colombia, la guerrilla de las FARC-EP, los paramilitares Águilas Negras, las AUC, la delincuencia organizada por los narcotraficantes y apoyadas a su vez por miembros de la fuerza pública.

Cada grupo armado quiere controlar zonas de la cordillera Central, por ser un corredor estratégico para comunicarse con los departamentos del Valle, Cauca, Putumayo y Huila, y el interés aumenta por ser lugares en los que hemos conservado la biodiversidad, el agua, la flora, la fauna, el oxígeno y los minerales en el subsuelo.

La guerra deja grandes ganancias a quienes la promueven y nuestro gran pueblo sigue resistiendo al empresariado y a su estrategia de terror que incluye la eliminación de la consulta previa para sus inversiones, la militarización de los territorios por la fuerza pública una vez se firmó la paz. Nos afecta la reaparición y el rearme de las “disidencias de las FARC”, de las “Águilas negras” y toda una madeja de organizaciones paramilitares que asesinan en el Cauca y en todo el país. Nos preocupa el fracaso de las negociaciones con el ELN y el surgimiento casi diario de nuevos grupos amados, aunque algunos utilicen los nombres de grupos ya existentes como el ELN o el  EPL.

La guerra es un negocio enorme no sólo para los actores armados en conflicto, sino para las grandes multinacionales y para el poder del capital transnacional al que sirven. Esta dinámica de guerra para la acumulación está incrustada en el poder y la dinámica estatal. Esa la esencia del Estado y es su razón de ser. Basta con echar una mirada a la historia de la guerra en otros sectores sociales de Colombia y se aclarará cualquier duda que pueda haber. Terror/guerra y Estado son inseparables entre sí y sirven a la acumulación concentrada de riquezas y de poder.

Desde su creación la Guardia Indígena cumple un papel fundamental en este contexto de guerra por ser defensores de la vida y de los derechos humanos, no están armados y se distinguen por portar como identificación un bastón ofrecido por los mayores espirituales en conjunto con la asamblea comunitaria. Su tarea y el mandato es el de velar y defender todo un gran territorio, siempre acompañado de la comunidad.

En el año 2019, en plena “transición” no ha cambiado nada en positivo en nuestros territorios pues el término paz se usa para engañar, despojar y justificar la guerra. Sólo basta con mencionar el asesinato de Daniel Eduardo Rojas Zambrano, Presidente de la Junta de Acción comunal en López Adentro y a su vez guardia indígena en el Municipio de Caloto Cauca, sin mencionar decenas de muertos invisibilizados por los medios de comunicación al servicio de las élites económicas que patrocinan la guerra y el etnocidio en Colombia.

Por: ABEL COICUE. Comunero y Ex autoridad del pueblo indígena nasa, Resguardo de Huellas-Caloto/Cauca, integrante de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca –ACIN- y del Consejo Regional indígena del Cauca CRIC y de la Organización Nacional Indígena de Colombia ONIC. Es comunicador  indígena

Nota: Este artículo se publico en  el Boletin  del colectivo de colombianos/Refugiados/as en Asturias “Luciano Romero Molina” N°18, Julio 2019

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